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No hay mal que a otros bien no les venga. [Solo]

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No hay mal que a otros bien no les venga. [Solo]

Mensaje por William Whelk el Sáb Ene 09, 2016 7:48 pm

Su yate. Su hermoso yate había quedado hecho añicos después de que uno de esos vándalos de Skyline hubiese dejado caer no tan accidentalmente un coctel molotov casero en el interior. Hacía mucho tiempo que el barco no se echaba a la mar pero no veía el motivo por el cual debieran destruir propiedad privada.
William no veía la diferencia entre lo que antes había sido San Diego y lo que era ahora. La corrupción seguía patente, él era la marca líder de esa etiqueta tan señorial que los Estados Unidos llevaban consigo. Cómo olvidar el mal funcionamiento del sistema hospitalario o la venta de armas. La economía sumergida, la criminalidad… la única diferencia que ahora existía era que los pecadores eran críos, críos que fácilmente se podían dominar.
Giró la cabeza en dirección a uno de sus fieles acompañantes. No se sabía el nombre de ninguno de ellos pero sí sus caras, o al menos eso creía. No le provocaban interés ni mucho menos tenía intención de interesarse por ellos a las alturas donde estaban. San Diego, su preciosa San Diego. Tan hermosa como el yate que habían quemado.
Sonrió para sí mismo mientras caminaba por el muelle viendo las olas chocar contra éste. A veces se preguntaba lo que habría al otro lado de la marea, si quedaba un lugar donde las cosas fueran normales. ¿Era así o todo se había vuelto caótico como su hermosa ciudad? Era belleza. Ver caer algo tan grande sólo podía significar el derrocamiento de un sistema que todo el mundo había creído infalible. Belleza. Belleza. Belleza. Sus edificios grises caídos y destartalados, las calles sin limpiar, la porquería acumulándose en todas las esquinas de los barrios más desfavorecidos.

William inspiró un largo trago de oxígeno, mucho más limpio que el que habían tenido antes. Ya casi no quedaban vehículos estropeando el hermoso silencio de la urbe. El sabor del abandono y la destrucción era mucho más dulce de lo que cabía esperar. Con las manos en los bolsillos de su caro traje se dirigió al coche que él sí conservaba, no quería hacerse paso entre los estúpidos habitantes que se juntaban en bandas como si eso fuese a ejercer una diferencia. El poder, la manipulación, eso siempre había sido el as de la baraja cuando se jugaba en un póquer social. Nadie ganaría, nadie salvo él. – Recoged toda esa chatarra y enviádsela a los Frack en mi nombre. Estoy seguro que lo agradecerán. – Tras un claro chasquido de sus dedos corazón y pulgar, el joven rubio se metió en el interior de su coche y colocó la tarjeta en el lector. Podría haber hecho que alguien le llevase a casa sin embargo William tenía en cuenta cómo altos mandos de la historia habían caído por confiar en la persona errónea. Esa era otra de sus armas: no darle a ningún ser humano las herramientas para destruirle.


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