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Escucha mis plegarias [Emily]

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Escucha mis plegarias [Emily]

Mensaje por Luke Collins el Jue Abr 16, 2015 10:31 pm

El eco de sus pasos se escuchaba por toda le arquitectura mientras caminaba hacia el altar mayor. Eran pasos largos y a decir verdad pausados. El individuo se jactaba observando las escenas de los retablos que adornaban las paredes. No se podía escuchar ni un solo sonido más pero en su cabeza una melodía retumbaba de un lado a otro, suaves gritos y voces, como si las almas de los monjes que antaño habitaron el lugar lo persiguieran, almas condenadas por delitos ocultos que la humanidad nunca llegó a conocer. Con este sonido continuó avanzando. Rozaba con las yemas de sus dedos la fina superficie de madera de los bancos tan pulcramente situados para que los creyentes realizasen sus plegarias al cristo crucificado que se alzaba ante ellos. Ni tan siquiera un caos como el que se estaba viviendo en la ciudad, en el mundo, podría perturbar un lugar tan sagrado.

Él sabía que cada noche los adolescentes de familias cristianas se acercaban a limpiar, cuidar y dejar lo más impoluta posible la casa de su dios. Recorrió el pasillo central y tras hacer una pausa se desvió hacia un lado, hacia uno de los arcos junto a este, tras el cual una pintura del siglo XV, procedente de Escocia, presentaba la imagen de un monje franciscano presentándose a Jesucristo, quien venía representado por una pequeña figura crucificada sujetada por un cuerpo del que sobresalía una calavera. Ladeó la cabeza concentrado en la oscuridad de los colores que le mostraba la escena y así permaneció hasta que el cansancio de sus piernas le obligó a sentarse en el suelo con las estas cruzadas. Su imagen era como la de un lunático recién escapado del manicomio. Balanceaba su cuerpo hacia delante y hacia detrás, tomando sus tobillos para sostenerse, pero sin perder de vista a su único amigo.

- ¿Tú qué opinas, Francis? – preguntó a la calavera que miraba al monje y a la cruz - ¿crees que todos mis pecados serán perdonados? – detuvo su balanceo para escrutar el cuadro en busca de una respuesta satisfactoria. Esperó frente a él, paciente y en silencio, durante una larga media hora.

Luke no era cristiano. Cuando apenas tenía 7 años lo llevaron al grupo religioso del barrio para que ayudase en las eucaristías con los otros niños y aprendiese acerca de ética y moral, pero nada de eso funcionó. Al poco tiempo los padres del grupo pidieron que Luke fuera expulsado y no volviese a aparecer por allí tras haber quemado el pelo de una de las niñas “por el bien de todos los hombres”. Fue en una de las pocas excursiones que realizó con el grupo que conoció la existencia de San Diego de Alcalá, donde un monje mejicano le había contado los secretos de aquel lugar tan misterioso, bello y esperanzador para muchos. Lo que al chico cautivó fue el cuadro del monje europeo. Su oscuro aspecto, la sensación de destrucción que le transmitía, de muerte, de desolación y de venganza que él veía en ese lienzo.

- En ocasiones el fin sí justifica los medios – se sacó del bolsillo de la chaqueta un roto reloj y gateando se acercó al arco, dejando entonces sobre el escalón de fría y grisácea piedra el pequeño objeto que habría pertenecido a un niño de nueve años llamado Nick. – poco a poco la humanidad recuperará su equilibro.

Esa era su pequeña penitencia. Cada noche recogía una de las pertenencias de los cadáveres de aquellos infectados, que su banda liberaba proporcionándoles la muerte, y lo llevaba hasta San Diego de Alcalá para que “Francis” protegiera su alma. No, no era creyente, pero aun así pensaba que ese acto liberaría su conciencia, o lo que quedaba de ella, de todas y cada una de las órdenes que daba a espaldas de su líder, ya fuese a favor o en contra de la vida de otra persona.

Volvió hacia el altar mayor y se postró ante el cristo.

- Tú llevas tu cruz… yo llevo la mía.

Dicho aquello dio media vuelta pero no avanzó. Al fondo podía ver la silueta de una persona en la puerta de la iglesia. No dijo nada, no hizo nada, simplemente esperó.


Última edición por Luke Collins el Dom Abr 26, 2015 1:03 pm, editado 1 vez


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Re: Escucha mis plegarias [Emily]

Mensaje por Emily Gallaher el Dom Abr 19, 2015 12:29 pm

Siempre paseaba por San Diego por las noches cuando coincidía que Alex me dejaba irme del bar. No estaba muy a gusto allí dentro, nunca lo había estado, pero no me había quejado en la vida de lo que mi amigo me había dado. Tenía lo más parecido a una familia que confiaba en mí y me brindaba ayuda, tal vez todo eso era manejado por los más sucios intereses, pero algo es algo. Mis pies vagaban sin sentido por los diferentes barrios, eran todos únicos a su manera y mis ojos bailaban por todas las fachadas y detalles que me hacían saber cuándo una calle separaba un barrio de otro. El único en el que nunca me había aventurado a entrar era Skyline, no sentía curiosidad por saber cómo era una navaja en la garganta o algo mucho menos sutil que un pequeño cuchillo.  

No deseaba ir a casa, nunca lo había hecho. San Ysidro siempre había sido un caos de gente de un lado a otro, coches y policía. La frontera estaba ahí y ahora que todo se había calmado yo siempre me quedaba parada en mitad de una calle completamente vacía, ni un solo alma vagaba por esa zona. Donde siempre había bullicio ahora todo era un denso silencio que tensaba mis hombros cada vez que miraba más allá de la valla que separaba los dos países colindantes: Estados Unidos con México. La aduana, una enorme estructura que se expandía en lo que parecía kilómetros, se asemejaba a un peaje de autopista con mucha más seguridad. Recordaba cuando los coches esperaban en largas filas su turno para poder pasar mientras los curiosos turistas se encaramaban a la valla metálica de la calle de “el borde” para poder ver lo que había al otro lado. Muchas veces me había encontrado rostros al otro lado, caras de niños que miraban con pena lo que los habitantes de aquí teníamos y ellos no. Era complejo ver cada día la diferencia entre nuestros altos edificios y calles bulliciosas y sus extensos campos que no eran más que una absoluta nada. De pequeña había envidiado ese campo, el verde, las extensiones de lo que parecía un lugar pacífico donde no había ruido. Al crecer me había dado cuenta de que esa paz no era más que una ausencia de gente que no aventuraba nada bueno. No había que ser un genio en historia para saber que algunos países y otros tienen unas diferencias abismales en todos los sentidos.

Mis pies me obligaron a caminar a través de San Ysidro en dirección a Hillcrest. No iba ahí directamente, sino que tenía que tomar un par de calles que rozaban con el centro para poder dar un pequeño rodeo. Prefería caminar tranquila a través del Downtown que arriesgarme a encontrarme con alguno de esos enfermos que entraban en el bar Charisma demasiado abatidos por la situación como para pensar dentro de sus cabales. Había un lugar en San Diego que me hacía sentir segura, no como esos distritos abandonados que no pertenecían a nadie y que separaban unos barrios de otros.

El centro de San Diego era inmenso y no sé cuánto tiempo estuve contemplando las luces de la ciudad. Ahora eran algo menos brillantes, a fin de cuentas habíamos perdido mucho, sin embargo seguía siendo algo maravilloso y digno de ver. Algunas personas se cruzaron conmigo y me dedicaron cálidas sonrisas. Probablemente eran independientes que, no sé cómo, se las arreglaban para sobrevivir como podían. Me gustaba pensar que todavía quedaba gente que vivía sin preocuparse de a quién atacar después o cómo defenderse de una agresión a pleno día. ¿En qué nos habíamos convertido todos? Éramos animales. Habían dejado toda una ciudad para nosotros y lo único que habíamos podido conseguir era asesinar a nuestros iguales con tal de seguir con vida. Era egoísmo, egoísmo que sólo el ser humano podía mostrar.

Las calles amplias y limpias fueron dando paso a algunas mucho más largas que me empujaron a colinas de casas de color blanco. Podía escuchar el río desde donde estaba, así que continué en línea recta distinguiendo el borde de pequeñas montañas que se alzaban como sombras en el cielo. Mission Valley era un lugar hermoso, parecía una ciudad dentro de otra y por eso mismo me gustaba pasear por allí de noche. El Río San Diego era lo que permitía que los parques fuesen tan verdes y que esas colinas montañosas estuviesen repletas de arbustos.
Llevaba las manos escondidas en los bolsillos de la chaqueta, respirando el pacífico aire que entraba por mis pulmones. Prefería caminar durante toda la noche a encerrarme en esa habitación de pocos metros a la que llamaba casa. El único sitio donde nadie me podría encontrar y que en su día había sido con toda probabilidad un piso franco de algún criminal.

El Parque del Presidio era un lugar hermoso por el día, lleno de flores y diferentes árboles que me recordaban al campus que ahora había quedado hecho trizas. Bueno, así es como yo lo recordaba, no había vuelto allí después de El Día. Mis pasos se adaptaban al silencio del barrio, que me envolvía con sus diferentes olores y el sabor dulce que dejaba el ambiente húmedo. Cerré los ojos mientras caminaba todo lo lento que podía, había que ser prudente respecto a cómo comportarse en lugares no del todo conocidos.
Iba a dar de lado la calle para dirigirme al Qualcomm cuando tenues luces en el interior de una iglesia llamaron mi atención. Nunca había sido muy religiosa por no decir que nada, mi familia tenía por Dios el dinero y nunca me habían educado en algo espiritual. A veces había pensado en ello, como por ejemplo qué habrá más allá. Dudas existenciales tan típicas como el respirar o bostezar, y que sin embargo me habían cuestionado mucho más que la dirección religiosa de mi “yo” interior.
Saqué las manos de los bolsillos y los crucé bajo el pecho intentando darme algo más de calor. Involuntariamente ya había subido los escalones de piedra y me había parado frente a la placa de bronce de la entrada.
“Misión de San Diego de Alcalá”.

Con lentitud me abrí paso a través de la puerta de madera que permanecía abierta para cualquier ser que quisiese encontrar ahí dentro la respuesta a todas sus plegarias. Quería pensar que, igual, al pasar allí dentro alguien respondería al por qué de todo lo que le había pasado a la ciudad. No obstante, lo único que alcancé a ver fue una figura postrada frente a una de las estatuas del fondo. No avancé mucho más, no quería intimidar a nadie con mi presencia ni tampoco distraerles de su llamada a Dios. Pero su voz hacía eco en las paredes de piedra y, aunque hubiese deseado que no fuese así, su voz caló cada uno de mis huesos. Conocía al dueño de esa sombra allí sentada.

“Tú llevas tu cruz, yo llevo la mía”, le había escuchado decir.

Y la repulsión arañó las paredes de mi estómago. Cómo se atrevía siquiera a compararse con un ser religioso, cómo tenía la poca decencia de entrar en un templo sagrado tras haber asesinado a tantas personas que no habían hecho nada más que mantenerse con vida. Ninguno de los que habíamos cambiado lo habíamos hecho por decisión propia, simplemente el mundo nos quiso así. Y entonces, al alzar la mirada a las vidrieras donde se plasmaban diferentes historias, me pregunté si eso era lo que Dios había elegido para todos nosotros.

Cuando el chico se levantó yo no me molesté en ocultarme ni mucho menos apartarme. Alex me había advertido miles de veces sobre el cuidado que debía tener con la gente de los Bugs, solo que ahora mismo era tanto el asco que apretaba mis entrañas que creía en la posibilidad de que yo fuese más amenaza que él.

-Los que de veras buscan a Dios, dentro de los santuarios se ahogan -Dije en voz alta, esperando que mi tono rebotase también contra la estructura de la iglesia y así, ese asqueroso individuo, pudiese escucharme.



   
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Re: Escucha mis plegarias [Emily]

Mensaje por Luke Collins el Dom Abr 26, 2015 1:00 pm

Una de las numerosas corrientes de aire que invadía la basílica de san Diego de Alcalá chocó contra el cuerpo ajeno haciendo que una larga cabellera se ondease. Era una mujer. Luke achicó los ojos intentando distinguir más formas que no fuesen tan sólo una silueta, pero ante una penumbra iluminada tan solo por las velas de los creyentes complicaba su objetivo.

“Los que de veras buscan a Dios, dentro de los santuarios se ahogan”

Esas fueron las palabras que esa femenina voz pronunció, palabras que dejaron al chico impasible. Hacía tiempo que las opiniones que otros tuviesen sobre él, sus actos o sus ideales, le importaban entre poco y nada. No había sido capaz de reconocerla ni tan siquiera cuando se aproximó a su cuerpo por el largo pasillo, haciendo retumbar sus pasos sobre el mármol una vez más contra las frías paredes de piedra. Detuvo el paso cerca, pero no demasiado, la proximidad a otro ser humano no terminaba de agradarle cuando desconocía la condición del mismo, cualquiera podría estar infectado. Escudriñó entonces sí el rostro ante él, pálida de ojos claros y pelo extremadamente naranja. En otro tiempo aquella chica habría sido quemada en la hoguera por bruja. Movió la cabeza de un lado a otro y sonrió ante esa idea, no porque tuviese intenciones de prenderle fuego sino por el cambio tan brusco que la sociedad había dado en unos cuantos años.

Sí, definitivamente desconocía la procedencia de aquella mujer, pero en cambio, y dadas sus palabras, ella parecía conocerle a él. “Es natural” pensó y se mantuvo en silencio observándola unos minutos más mientras escondía las manos en los bolsillos y mecía el cuerpo con suavidad tal como había estado haciendo al contemplar a Francis. Luke no era una persona normal y nunca lo había sido, su principal problema había sido la desaparición de los adultos. Si bien antes del DÍA, simplemente había sido un chico ligeramente peculiar al que convenía vigilar, la carencia total de normas, protocolos y personas que controlasen los extraños actos que el joven individuo protagonizase, habían provocado que estos últimos se multiplicasen y llevasen al extremo al que desde un principio habían parecido encaminarse.
Las muertes a sus espaldas parecían incontables, crímenes perpetrados por él o por cualquier otro miembro, todas y cada una de ellas manchaban su oscura alma de sangre. Aun así, él parecía preferir el juez y no el verdugo, obligando a otros a cometer los asesinatos que él debería asumir, cargando una culpa compartida para así repartirse la condena.

- Dios está en todas partes – comentó tras su largo silencio apartando la vista de ella, cansado ya de su imagen, desviándola hacia el alto palco donde anteriormente el coro recitaba sus cánticos – pero el hombre necesita sentir que lo mira cuando habla con él – se giró de nuevo dándole la espalda y señaló al cristo crucificado con la mano extendida – los templos se construyeron para que los cristianos hablasen con Dios, con Jesucristo y con los santos. – bajó despacio el brazo tan solo giró la cabeza, mirándole así de reojo. – ¿no eres cristiana, cierto? No… no puedes serlo, porque sino sabrías que aquellos que buscan a Dios sienten los templos como su única y verdadera casa, la casa de su señor.

Clavó la mirada una última vez en Francis, allá a lo lejos, donde él sabía que el cuadro se encontraba aunque la oscuridad no le permitiese verlo y devolvió la vista una vez más a quien parecía provocarle con cada pequeño movimiento de su cuerpo, por suerte para ella, Luke tenía mucha paciencia. Entonces quito presentarse, pero no le tendía la mano, después de todo, sabía que ella la rechazaría y él no estaba dispuesto a aceptar una ofensa como aquella, así que prefirió ahorrar el desplante. – Soy Luke Collins – dijo en un tono de voz mucho más suave que el anterior, incluso amistoso, tal y como en su época de instituto había hecho, otro tanto en la universidad, ese tono que tantos “amigos” le había proporcionado, después de todo siempre había sido una persona social cuando él quería serlo o cuando le convenía serlo. – y yo no busco a Dios, pero si tú quieres hacerlo, tal vez este lugar te ayude a encontrarlo.

Dicho aquello y con una breve inclinación de su cabeza como saludo, rebasó por su lado, muy cerca, el cuerpo de Emily y con su lento paso se encaminó a la puerta, cruzando el umbral sin siquiera volver la vista atrás un breve instante.


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